Oibar podría estar ahora mismo escribiendo este reportaje y, sin embargo, está reconstruyendo con sus propias manos un atunero de 21 metros de eslora, el Ozentziyo, último barco de pesca tradicional de madera del puerto de San Sebastián y último representante del arte de la cacea. Oibar, de hecho, podría estar buscando en Google qué narices es esto de la cacea o preguntando a una IA por las medidas del atunero en cuestión para parecer que sabe de lo que escribe, pero prefirió cargar sobre su lomo con tablones gigantescos de madera de roble y haya, pasar su jornada laboral entre cuadernas, baos y durmientes, lijando cubiertas, regalas, cinterones, barandillas y mástiles, recalafateando el barco con las manos llenas de callos…
-Por cierto, ¿qué significa recalafatear, ChatGPT?
Oibar Olano tiene 19 años, es de Asteasu, en Guipúzcoa, quería ser periodista, pero prefirió ser carpintero. En el verano de sus 16 se convirtió en el voluntario más joven de la Fundación Albaola, un centro cultural situado en Pasajes, dedicado a recuperar la tradición de la construcción naval artesanal del País Vasco. Se enamoró de su factoría marítima y, una vez acabado el bachillerato, regresó para formarse como carpintero naval. Ya lleva casi dos años contratado y ha participado en la reconstrucción de la nao San Juan, el ballenero vasco que se hundió hace casi 500 años en las costas de Canadá.
“Algunas veces me imagino en la redacción de un periódico y pienso: ‘Joder, qué suerte que no elegí ir por ahí…'”.
-¿Y nunca te has arrepentido de no estudiar una carrera?
-Nunca. Creo que estar delante del ordenador no era lo mío. No me quiero imaginar ocho horas sentado en una oficina.
Precisamente una oficina, la BLS (la Oficina de Estadística de EEUU, por sus siglas en inglés) acaba de hacer público un macroestudio en el que pone cifras a unas de las grandes obsesiones de nuestro tiempo: qué profesiones están más o menos expuestas a la omnipresente amenaza de la inteligencia artificial. Según su mapa de calor, el riesgo para los periodistas es “muy alto”. Como los procesadores de texto, los programadores informáticos, los ingenieros o los contables, parecemos condenados a un naufragio peor que el de la nao San Juan hace casi cinco siglos. Sin embargo, el peligro de los carpinteros es, con diferencia, uno de los más bajos. Muy cerca de los cerrajeros, los tapiceros o incluso los instaladores de alfombras.
“Creo que a la inteligencia artificial todavía le queda mucho para hacer lo que hacemos nosotros”, presume Oibar. “Seguro que puede diseñar una pieza de barco, pero usar un formón, clavar tablas, lijar… No sé… Se me ocurren mil cosas que no podría hacer, así que a mí no me asusta demasiado. Lo que sí me da pena es que se esté perdiendo toda la sabiduría de antes: como la IA lo sabe todo, nosotros preferimos olvidarnos”.
El caso de Oibar es cada vez más habitual. Aaron, por ejemplo, sueña con ser electricista. Noelia es artista fallera en Valencia. Y Lucía abandonó una prestigiosa empresa de software en Londres para trabajar en un taller de ebanistería en Madrid. Todos han optado por oficios manuales, una tendencia al alza como respuesta a un cambio drástico de paradigma en un mercado laboral zarandeado por la tormenta perfecta.
Apunten: al ya incuestionable impacto de la inteligencia artificial hay que sumar la nueva cultura del trabajo de los jóvenes, cada vez más reacios a ser esclavos de un horario de oficina; el desengaño de las nuevas generaciones por tantas promesas de futuro que nunca se cumplieron y el fin del mito de la educación universitaria y la acumulación de carreras, títulos, cursos, doctorados, tesis y másteres como pasarela segura hacia el éxito.

“Yo quería ser periodista, pero a veces me imagino en la redacción de un periódico y pienso: ‘Joder, menos mal que no elegí ir por ahí…’”Oibar, 19 años. Es carpintero naval en la Fundación Albaola
Hace sólo unos días, The Wall Street Journal citaba un informe que revela que, pese a que en términos absolutos sigue siendo más fácil encontrar trabajo con un título universitario, la tasa de desempleo para los estadounidenses de entre 22 y 34 años sin estudios superiores es ya una de las más bajas en las últimas dos décadas. Por el contrario, los jóvenes graduados o con títulos avanzados en campos como la ciencia o la tecnología lo tienen ahora más difícil que nunca.
Las grandes empresas -recuerda el diario americano- siempre han recurrido a estudiantes universitarios o a recién graduados para realizar tareas rutinarias en sus oficinas que, a su vez, servían como formación práctica. Los becarios de toda la vida, vamos. Ahora, ChatGPT puede encargarse de casi todas sus funciones. Así que el desempleo entre quienes se acaban de licenciar está aumentando mucho más rápido que entre los jóvenes que sólo tienen el bachillerato o un título de técnico superior.
“Se ha roto ese paradigma de la Universidad como catalizador de ciertas aspiraciones vitales, como el camino más sencillo para tener una familia, una casa y dinero en el banco”, diagnostica la periodista Mar Manrique (Barcelona, 27 años), autora de Un trabajo soñado (Península), un ensayo que radiografía el desencanto de la generación que creyó que podría vivir de internet. “En casa nos dijeron que había que estudiar una carrera: ‘Haz un máster y verás lo bien que te viene’. Y siempre asociamos la FP a una cosa más desdibujada, con menos prestigio, peor remunerada… Hoy estamos en un momento de sálvese quien pueda y, de repente, hemos descubierto que en realidad dándole a la tecla no nos ganamos la vida mejor que un fontanero o que el técnico que viene a casa a cambiarnos el aire acondicionado”.
Sus horas de trabajo, las del fontanero o el técnico del aire acondicionado, están, además, cada vez más cotizadas. “En España sobran algoritmos pero faltan electricistas”, se podía leer hace unos días en las páginas del diario económico Expansión. Este mismo verano, el último informe del Observatorio de las Ocupaciones del SEPE confirmó la falta de candidatos para cubrir puestos en construcción e industria y la necesidad cada vez más urgente de encontrar albañiles, electricistas, fontaneros, soldadores o mecánicos.

“Sin nosotros, no funciona nada. Ni tu casa, ni las empresas, ni las oficinas… Ni siquiera la inteligencia artificial funciona sin un electricista”Aaron, 19 años. Estudia bachillerato y acaba de aprobar su curso de electricista
Aaron, como Oibar, tiene 19 años. Él los acaba de cumplir. Nació en Lima y llegó hace dos años a España. Está estudiando segundo de bachillerato en Leganés, pero para ayudar a su familia decidió el año pasado compatibilizar las clases con un curso de electricista de baja tensión en Expertia, un centro especializado en la formación de oficios técnicos con alta demanda laboral.
“Jamás me había planteado hacer algo parecido, mi idea era estudiar Ingeniería de Sistemas porque me gustaban las computadoras, pero ahora me encanta esto, es mi pasión y me gustaría hacer una ingeniería eléctrica”, cuenta en una de las aulas de una escuela que parece el decorado de una serie de ficción. Hay tuberías falsas, paneles eléctricos conectados a ninguna parte, váteres y sanitarios para que practiquen los aspirantes a fontaneros y aparatos de climatización desmontados como juguetes de Lego. Aaron parece un playmobil: lleva unas gafas de seguridad, guantes y un cinturón cargado de herramientas que va sacando como si cada destornillador fuera un Colt 45.
“Yo soy hiperactivo, tengo que estar moviéndome todo el rato y aquí puedo hacer conexiones, estar diseñando circuitos, controlando la electricidad y pensando caminos para cada aparato, sus funciones, las luces, las bombillas… Al final es un trabajo muy físico y eso es lo que más me gusta”, explica.
-¿Alguna vez has sentido que ser fontanero o electricista tenía menos prestigio que ser, por ejemplo, programador informático?
-Seguro que hay gente que todavía lo piensa, pero al final todos, en algún momento de nuestras vidas, acabamos necesitando a un fontanero, a un electricista o a un soldador. Sin nosotros, no funciona nada de lo que vemos ahí fuera. Ni tu casa, ni las industrias, ni las oficinas… Ni siquiera la inteligencia artificial funciona sin un electricista.
La OCDE le da la razón a Aaron. Su último informe sobre “habilidades en la era de la IA” subraya también que los trabajos intelectuales son los que presentan hoy mayor exposición a los avances tecnológicos, mientras que los oficios que requieren “presencia física, manipulación de objetos y adaptación al entorno” parecen mucho menos vulnerables. La OCDE señala que entre las ocupaciones menos expuestas están trabajadores agrícolas, forestales y pesqueros, peones, trabajadores de limpieza… o electricistas.
“No es que la formación universitaria haya perdido prestigio, es que ha perdido valor”, argumenta Daniel Arias Aranda, catedrático de Organización de Empresas en la Universidad de Granada y autor del controvertido ensayo Querido alumno, te estamos engañando (Temas de Hoy), un demoledor análisis del sistema educativo en nuestro país que ya vaticinó hace algunos años el panorama actual. “Ahora hay una tendencia clara hacia promocionar cursos de Formación Profesional en centros privados porque la demanda está superando a la oferta y la FP pública no puede cubrirlo todo. Y, por otro lado, nos hemos dado cuenta de que el exceso de titulitis del pasado ya no genera ningún valor añadido en el mercado laboral actual”, argumenta el profesor madrileño. “Esta nueva generación, que ya no sé si es la alfa, la beta o la gamma, está reaccionando y buscando una nueva perspectiva porque ha visto cómo los chavales de la generación anterior, con un montón de títulos en la mochila, están compartiendo piso con otros cuatro, sobreviviendo como pueden y sin capacidad de ahorro ninguna”.
“No es que la formación universitaria haya perdido prestigio, es que ha perdido valor en el mercado”Daniel Arias Aranda, catedrático de Organización de Empresas en la Universidad de Granada
El Gobierno ha anunciado esta misma semana una “inversión histórica” de 236 millones de euros en Formación Profesional. Desde 2018, el número de matriculados ha crecido un 46%, hasta superar los 1,2 millones, una cifra récord en nuestro país. Según los datos del Ministerio de Educación y -ojo- Formación Profesional, las disciplinas más vinculadas al mundo físico están entre las que mejor inserción laboral presentan hoy.
“Hace ocho años estudiar Formación Profesional en nuestro país era una suerte de rareza y España estaba muy lejos de las tasas de matriculación de los países de nuestro entorno”, reconoció el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante el acto en el que presentó los nuevos planes del Ejecutivo para el sector. “Hoy la FP ya no es una segunda opción, no es un plan B. Es el plan A, la primera opción para muchos estudiantes”.
La transformación se ha disparado en los últimos años. En 2010 había en España 568.962 alumnos en ciclos de FP y unos 1,6 millones en la Universidad. Hoy la FP supera los 1,2 millones y la Universidad ronda los 1,8 millones. La brecha ha pasado de tres universitarios por cada alumno de FP a 1,55 y las diferencias se acortan a toda velocidad.
“Los oficios manuales van a tener cada vez más demanda y, a lo mejor, ya no necesitamos tantísimos filólogos o licenciados en administración de empresas”, insiste el profesor Arias Aranda, que alerta: “La Universidad española necesita una reforma profunda antes de que ocurra lo que ya está pasando en China”.
Y lo que está pasando en China es que la Universidad de Comunicación de Pekín anunció hace unos meses la eliminación de varias carreras de Humanidades y la transformación de distintos programas de estudio para adaptarlos al impacto de la inteligencia artificial. “Todos suspiramos al escuchar la noticia, pero tampoco hubo grandes emociones”, reconocía un estudiante entonces. Al menos otros cinco centros del país han anunciado la supresión de diferentes disciplinas, la mayoría vinculadas al arte, la fotografía o el diseño, siguiendo un plan del Gobierno que permite a sus centros educativos cancelar titulaciones con baja demanda laboral para impulsar otras alineadas con los objetivos estratégicos del país, especialmente en el codiciado terreno de la IA.

“Aprendí infinitas cosas en el mundo del ‘software’, pero no es comparable con la sensación de crear un banco de madera o una silla casi de la nada”Lucía, 27 años. Abandonó una empresa tecnológica en Londres para formarse como ebanista
A 9.250 kilómetros de Pekín, justo en Alcorcón, está la escuela y taller de ebanistería Made de Madera. Allí se está formando Lucía Reggiani, una mujer de 27 años, socióloga de formación, que hace sólo dos miraba el mundo desde una prometedora empresa de software en el distrito de Hammersmith, en Londres. Durante un viaje de negocios a Bangkok, como si todo fuera una comedia de Hollywood, descubrió que su vida no tenía demasiado sentido. “Ir a Tailandia era un sueño para mí y, de repente, me vi cinco semanas trabajando todos los días hasta la medianoche con el ordenador desde la habitación de un hotel”, recuerda. “Ahí fue muy evidente que tenía unas ganas irremediables de… No sé… ¿De vivir?”.
Unos meses después aprovechó la hora del almuerzo para enviar su mail de dimisión: “Sabía que ese trabajo no me estaba llenando y no me iba a hacer feliz nunca. Sentía la necesidad de salir de allí e intentar algo diferente”.
Lucía se marchó de viaje por medio mundo sin un plan de vida y en busca de respuestas. A su regreso a España se apuntó a un taller de madera con una amiga que se estaba mudando de casa y pensó que podría fabricar ella misma sus propios muebles. “Mi amiga me abandonó enseguida, pero yo me convertí en una adicta a la ebanistería”, reconoce. “Después de tantos años en el mundo del software, necesitaba sentir que los frutos de mi trabajo eran algo tangible y real. Estar horas delante de una pantalla para que mi único output fuera una presentación de Powerpoint dejó de tener sentido. A veces en Londres pensaba: ‘Si mañana todos los que trabajamos en esta empresa desapareciésemos por arte de magia, el mundo seguiría totalmente igual y nadie se daría cuenta’”.
-¿Qué te enganchó de la carpintería?
-Es que no hay color… Yo aprendí infinitas cosas en el mundo del software, pero no hay comparación con la sensación de satisfacción y de orgullo que yo puedo sentir al terminar algo que he creado casi de la nada, desde una pieza de madera a un banco, una silla, algo que se puede utilizar, que es bonito, que me da la sensación de haber aportado algo al mundo… Es algo que no sentí nunca en mi anterior trabajo.
-¿Y si mañana te hicieran una oferta millonaria desde Silicon Valley para volver al sector de la tecnología?
-Espero no tener que hacer nunca ese cálculo, pero ahora mismo tengo claro que voy a hacer todo lo posible para que esto me vaya bien, para sentirme experta en mi oficio. Yo quiero tener un trabajo que le pueda explicar a mi abuela.
“Hemos descubierto que dándole a la tecla no nos ganamos la vida mejor que un fontanero o que el técnico del aire acondicionado”Mar Manrique, periodista y autora de ‘Un trabajo soñado’
Durante décadas, la fórmula del éxito parecía sencilla: obtener un título universitario, conseguir un trabajo de cuello blanco y ascender en la jerarquía corporativa lo más rápido posible. Como Lucía en Londres. El escenario ahora ha cambiado por completo. “Esa cultura de calentar la silla para prosperar ha desaparecido”, celebra ella. “Mi generación ya no la vio. Se nos vendió un sueño que era mentira, la desilusión absoluta tras la crisis económica fue tremenda para nosotros y eso ha contribuido a la desmotivación y a que la gente joven acepte que hay otras alternativas posibles”.
Hace sólo tres años, el Blue Collar Report, un estudio anual publicado por la plataforma Jobber en Estados Unidos, reveló que casi cuatro de cada cinco encuestados de la Generación Z (79%) afirmaban que sus padres deseaban que ellos cursaran estudios universitarios. Sólo el 5% había sido animado en casa a hacer Formación Profesional. Hoy en día, sin embargo, los padres se han convertido en los mayores defensores de los oficios: el 92% asegura que animaría a sus hijos a estudiar uno especializado si estuvieran interesados.
“Esto no es sólo un cambio de actitudes, sino una transformación fundamental en la forma en que las familias definen el éxito”, apunta el último informe. En estos tiempos de incertidumbre global, el nuevo símbolo de estatus no es el prestigio o los títulos académicos, es la estabilidad laboral a largo plazo. “El futuro del trabajo -sentencia el estudio- lo construirán las personas que sepan construir cosas”.

“Igual algún día nos sustituye un robot, pero de momento el empapelado, el gotelé o el lijado lo hago todo yo con mis manos”Noelia, 25 años. Estudió Diseño y es artista fallera en Valencia
Noelia sabe construir fallas. Tiene 25 años, estudió en la Escuela de Arte y Superior de Diseño de Valencia y planeó ser diseñadora de producto hasta que… “Empecé a darme cuenta de que no quería dedicarme toda la vida a estar en una oficina técnica o simplemente sentada cara a un ordenador”, explica. “Y, sin embargo, había asignaturas como modelado y prototipado, todo lo que era el uso de herramientas, que me despertaban curiosidad. Me convalidaron las prácticas en el taller fallero de un joven artista y me enamoré del oficio. Acabé la carrera, lógicamente, porque me quedaba un año y medio, pero ya no quise hacer otra cosa”.
Ella se formó en un ciclo de Artista Fallero y Construcción de Escenografías que se imparte en Benicalap, junto a la Ciudad del Artista Fallero de Valencia. Hoy vive rodeada de moldes, botes de pintura, cola, taladros, espátulas, madera y cartón, poliestireno… Su trabajo arderá en sólo unos meses. “Aquí no hay inteligencia artificial que valga, son tus manos. Tus manos y un sentimiento humano que no puede reproducir ninguna tecnología”, reivindica. “Igual algún día nos sustituye un robot, pero de momento el empapelado, el gotelé o el lijado lo hago todo yo”.
Su oficio encaja como un guante en este regreso a lo manual que no sólo es tendencia en nuestro país. Hace sólo unas semanas, el periódico The Guardian hablaba sobre el número creciente de jóvenes británicos que están abandonando el mundo digital en busca de oficios tradicionales como la encuadernación, la metalurgia o la construcción de barcos como los que fabrica Oibar en Guipúzcoa.
“Nos hicieron creer que la Universidad era para los que querían estudiar de verdad y la FP era para los tontos. Nos dijeron que si te esforzabas y estudiabas una carrera, tendrías un futuro garantizado. Pero no era así”, sentencia Noelia. “Yo tengo una carrera, tengo estudios, me fue bien durante mi vida académica, pero vivo las mismas dificultades de toda mi generación. ¿Para qué quiero tres carreras y un máster si voy a vivir igual de mal que el que no las tiene? Para eso prefiero hacer lo que realmente me gusta, porque a la tumba no me llevaré ningún título”.
La restauración del atunero vasco en el que está trabajando Oibar debería concluir durante las primeras semanas del año que viene. Aaron dice que ya ha rechazado varias ofertas de trabajo como electricista porque quiere acabar antes el bachillerato, aunque este verano estuvo instalando todo el cableado de un chalé en Madrid. Noelia plantará el próximo marzo su primera falla infantil en Buñol. Y Lucía acaba de regresar de nuevo de Inglaterra, aunque esta vez de un curso de ebanistería donde fabricó una mesilla de noche de arce. En sus redes sociales presume de una silla de madera de cebrano que ha restaurado ella.
“Antes me daba igual lo que hacía. Cada domingo por la noche me maldecía pensando que al día siguiente tenía que ir a currar”, admite. “Ahora la sensación de cada mañana, cuando me levanto para venir al taller, es inigualable. A lo mejor termino con agujetas, pero me siento mejor, estoy más presente, más tranquila, más centrada. Igual también ayuda el hecho de estar trabajando con una máquina que, en una fracción de segundo, te puede dejar con nueve dedos”.
Fuente: Rodrigo Terrasa-Suplemento Papel- El Mundo
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